No existe una fórmula mágica para dirigir un equipo de trabajo. Esencialmente porque se trata de seres humanos diferentes, “mundos diferentes”.
Con frecuencia se dice que es cuestión de «química» y que algunos equipos «cuajan» y otros no. Otras veces se pone un gran énfasis en la selección y composición del equipo, como si únicamente de ello dependiera el futuro del mismo. La experiencia demuestra más bien lo contrario: la química no es la causa, sino el resultado de cómo funciona el equipo, por lo que un mismo equipo puede mejorar o empeorar sin que haya cambios importantes en su composición.
Un equipo de trabajo no es una realidad que viene dada, no existe, es un potencial, una realidad viva que hay que desarrollar adecuadamente. Por ello, el papel del líder es crítico.
Pero liderar un equipo no es trivial: exige entender y dominar los distintos procesos que se dan en el mismo, de modo que continuamente se refuercen los elementos que construyen equipo y se detecten y corrijan los que lo debilitan o destruyen. Por eso, el primer paso para liderar un equipo es comprender qué es un equipo y cómo se desarrolla o debilita.